Gran parte de los escolares, en especial a partir de la pubertad, experimentan una gran ansiedad interior, tan natural como comprensible, que les dificulta el asimilar cabalmente los contenidos de los planes oficiales de estudio. Y es que al parecer, nada hay más opuesto al vendaval de emociones y sensaciones que se desencadena en su espíritu, que las abstracciones y teorías manejadas por los maestros. Sin embargo, esta circunstancia tiene que ser atendida por una pedagogía esencialmente filética.

La educación filética

El término filético se deriva del vocablo griego “filos” que quiere decir amor. No obstante que esta noción siempre ha sido manejaba por los discursos educativos y pedagógicos, su enfoque permanentemente ha adolecido de una parcialidad poco favorecedora.

Un estudioso tan brillante como Hubert, comentaba que, una de las características más sorprendentes de las pedagogías de corte moderno, es que no define ningún aspecto de la formación, orientado exclusivamente al estudio de las maneras más íntimas de la afectividad humana; mucho menos, por lo tanto, a la pasión amorosa, capaz de determinar el sentido de una existencia entera.

Así entonces, podemos aseverar que el planteamiento de una pedagogía de las emociones amorosas es una empresa tan pertinente como provechosa, a favor de la humanidad que fomenta, puesto que, quien es capaz de quererse, y de querer a los demás, puede amar y desear conocer mejor el entorno donde se desenvuelve su sentimiento.

El amor y el saber

Al amor, desde un punto de vista pedagógico, se le puede percibir como un fenómeno plural y complejo. Se ubica en la conciencia emocional y se vincula decididamente a los desarrollos del arte, la moral y la religión, por ejemplo. Solo a través de la relación directa con ciertas personas es como el amor se manifiesta y se concreta a plenitud.

El amor es una vivencia enteramente personal, así pues, el amor por las ideas, por el producto de una colectividad social se constituye, es verdad, en otro tipo de vinculación sentimental. Pero, en el fondo, se trata de una misma relación dialógica, una fusión de horizontes entre dos participantes de la realidad, un contacto directo entre dos seres. En el fenómeno del amor tiene lugar una dinámica de la entrega, un movimiento dialéctico de la renuncia al sí mismo en aras del otro, en el que ambos participantes llenan de potencia su existir al brindarse lo mejor de sí, en una comunicación que los hermana con la actividad total de la realidad, el latir mismo del corazón del universo.

Desde cierta perspectiva, aprender es dejar de ser uno mismo, un poco, para abrazarse a todo lo que existe.