Seguimos explorando el valor cognoscitivo de la pintura. Más allá de lo que las instancias especializadas y críticas puedan comunicarnos acerca de una obra de arte, nunca puede ser reductible la experiencia directa de la perspectiva capturada de realidad- que forjó a un autor como existente, en cierto instante inefable- con el estudio reflexivo del contemplador, quien tiene la opción de retomar, y desandar, el camino que señala la obra, hasta la inmediatez vital que atesora en su ser profundo.

El secreto de la Monna Lisa

La Monna Lisa, famoso cuadro, obra de Leonardo da Vinci, ha generado a lo largo de siglos enteros, toda una serie de comentarios, observaciones y anécdotas. Alguna de ellas refiere que si se le observa bien, los ojos de la mujer retratada siguen al espectador aun cuando cambie su posición. Otra de ellas cuenta que si se contempla durante el tiempo suficiente los labios de la modelo, estos esbozan una inquietante sonrisa.

Estas magias y sortilegios se atribuyen a un cierto arte secreto de Leonardo. Y si bien el aura imponente de su personalidad ha generado una serie de ficciones populares, que presentándose como certidumbres, no logran sino confundir al espectador, lo cierto es que la fuerza de esta obra no proviene principalmente de la perfección de este genio renacentista, sino a la vez de un cierto valor gnoseológico, en donde bien puede hallarse el secreto de la perenne fascinación que produce.

La eterna sonrisa de las cosas

Tal vez lo que nos quiso expresar Leonardo con su obra no sea lo más importante, sino más bien, lo que la obra nos dio en la figura de Leonardo: un instante capturado en el que las cosas se expresaron acerca de su enigma, generando una irrepetible presencia creadora. No solo la Monna Lisa nos observa cada vez que la estudiamos con detenimiento: cualquier objeto del mundo al ser percibido nos dice, nos expresa, como contempladores.

No somos más que un entramado de perspectivas relacionadas, no hay sujeto alguno más allá de esta vinculación provisional y mudable. La sonrisa de los objetos del mundo es un guiño que percibimos a veces en ciertos momentos en que el tedio, la angustia o la ensoñación poética como la de Bachelard, nos motivan a ver “con el rabillo del ojo” lo que el pragmatismo de la visión franca y recta, real, no nos permite descubrir. Precisamente la pintura nos hace descubrir la verdad de los límites del mundo: nos señala que cada descubrimiento de algo es solo un desplazar velos, infinitos. Los límites de la realidad son esa sonrisa, solo capturada, no más que alcanzada: basta con mirarla, abrazarla con deseo, para que se torne de nuevo inasible. Esa sonrisa, la de la silenciosa musa de Leonardo, la lejana Beatriz de Dante. Esa sonrisa que nos dice Todo, cuando ya no hay nadie.