Uno de los objetivos más importantes de la educación, consiste en ponderar aquellos aspectos de la cultura que, más allá de manifestarse como efímeros, como fenómenos eventuales, sujetos a los vaivenes de la historicidad, logran perdurar, y por lo tanto definir el sentido que han de seguir las sociedades y los individuos que las estructuran. Sin embargo, a pesar de tener este objetivo bien claro, las instancias escolares no siempre aciertan en lograr establecer con la precisión necesaria las estrategias didácticas necesarias para lograr este trabajo esencial para la formación de las nuevas generaciones. Nosotros proponemos a la pedagogía de lo grotesco- así, inusual y poco ortodoxa- como una alternativa para lograr este objetivo.

Así como Platón buscaba en su mundo de las ideas- puras, bellas e imperecederas- un fundamento para las cosas terrenales; el pintor Francis Bacon por su parte, intenta un acercamiento similar a aquellos aspectos del ser que no se modifican, más allá de cualquier posible contingencia.

Francis Bacon: la agonía de la esencia

Pero a diferencia del filósofo griego, que ilustra su realidad esencial con todas las cualidades posibles: todo luz y ornato etéreo; Bacon por su parte, al otro extremo de la modernidad, se decanta por el lado tenebroso del ser: la existencia consciente de su propia carnalidad. Tomemos por ejemplo el caso de su obra Triptych (1976): en este estudio podemos apreciar la huella de un devenir interior, vuelto al mundo.

Se observa el rostro de una persona, en tres diferentes instantes que parecen abstraerse del tiempo físico, para contemplarse cual si fuese el tiempo del alma. Fluidos, licuaciones, deformidades y protuberancias, son el lenguaje platonizante de Bacon: el suyo es un mundo heracliteano en donde una vitalidad efervescente es la piedra de toque del ser entero, percibido como la lúcida agonía de lo esencial: el existir humano.

Educar en las sombras

Puede, por lo tanto, establecerse desde la perspectiva de la pedagogía de lo monstruoso una estrategia de enseñanza abocada a la grave tarea de señalar el lado oscuro de la cultura: la sombra de los discursos que manejaba el primer Eugenio Trías, los vestigios marginados que rescatara el arqueólogo del saber Michel Foucault.

Bacon sería un paradigma en esta vertiente didáctica. Sus desengañadas aproximaciones a la realidad vivencial pueden confirmar a todo estudiante que, si existen aspectos de la vida que permanecen más allá de cualquier cambio, aún siendo desagradables o motivantes de rechazo; de la misma manera otras más nobles, dignas y abstractas, también, tienen el derecho y la posibilidad de ser desarrolladas: los valores morales.