El monstruo es el mejor maestro que puede existir. Porque la figura convencional-es decir, institucional- del maestro encausa a los educandos a un modelo de ser particular, un ideal formativo que congrega a su alrededor un cierto estado de ser, una estructuración político-metafísica (si se entiende lo real como una forma de acuerdo comunicativo) que cimenta su perduración en ese moldeamiento que se efectúa en la conciencia de las nuevas generaciones. El monstruo, en contraparte, expresa todo lo que no le está permitido ser, o desarrollar a partir de su esencia a los alumnos. ¿Es posible recuperar desde cierta didáctica inédita, todo este caudal de experiencias vitales? Ahondemos en ello, tras una posible respuesta.

La suma de todos los miedos

Más que la suma de todos los temores, el monstruo simboliza la acumulación de todos los deseos del ser humano, liberados a su propia manifestación; la horrible faz del engendro, es el clamor del mundo que, por ciertas estrategias del sistema, no se aborda en las lecciones impartidas en las aulas.

Toda criatura repugnante que puebla algunas de las creaciones culturales más reconocidas de la historia del pensamiento, es una cifra de lo marginal, la voz secreta del mundo, que siempre se expresa, pero que nunca escuchamos, porque lo que verdaderamente es- lo que más allá del bien y del mal es- no nos sirve para nada, y el mundo sin mascara no es un ámbito que se pueda afrontar sencillamente, más allá del tenue velo de pragmatismo cotidiano que nos mantiene con vida.

Explorando los bordes del ser

En este sentido, vale la pena recordar la siniestra figura de los Cenobitas y su líder Pinhead, una serie de personajes del subgénero del cine y la literatura Gore (terror sangriento) creados por el artista inglés Clive Barker.

Pinhead, un ser que tiene la cabeza permanentemente cubierta de clavos, encabeza a un grupo de místicos que a través de ciertas mortificaciones corporales, y autoflagelaciones intensas, se han transformado en criaturas demoniacas allende lo humano. De acuerdo a su credo, se autodefinen como lúdicos exploradores de los límites del ser, más allá de todo placer o dolor.

Los límites de la educación, los límites del mundo

Estas figuras literarias pueden ayudar a hacer más claro el papel de la educación: todo proceso de enseñanza y aprendizaje lleva consigo un proceso dual, en donde se propicia la formación en los educandos de una visión particular del mundo, pero en donde, al mismo tiempo se fomenta, implícitamente, la facultad de los jóvenes para comprender- más que solo aprender- que fuera de esta perspectiva, la realidad se extiende en diversas formas en un potencial infinito.

Educarse, atreverse a explorar esa vastedad es, en definitiva, aventurarse a ser un tanto monstruoso, es decir, libre e ilimitado.