Es indudable que se ha tratado de rescatar en múltiples estudios y aproximaciones teóricas, el valor estético de los aspectos culturales que resultan conmovedores, aterradores, e incluso repulsivos; baste pensar simplemente en los planteamientos acerca de lo sublime del filósofo Kant; el análisis de lo siniestro desarrollado por Freud, o las consideraciones acerca de la perspectiva de la “Nueva Carne”, expresada en el cine por David Cronenberg. Inspirado en estas manifestaciones reflexivas, deseamos bocetar aquí un acercamiento a la visión de lo grotesco en la cultura, pero ponderando su posible valor educativo; esto es, destacando ciertas características pedagógicas que solo podemos hallar en este tipo de expresividad.

La tentación de existir

Parafraseando el título de uno de los mejores libros de aforismos del pensador Emile Cioran, podríamos comprender de una manera diferente a la habitual el sentido de una obra pictórica poderosa y demoledora: “La tentación de San Antonio”, de Matthias Grunewald, es la tentación de existir que todos tenemos. La vida bien puede ser solo la lucha por alcanzar un ideal acerca de ella que nunca se concreta: el afán por llegar al crisol de cualquier arcoíris.

El santo de ve torturado no por lo que desearía, por lo que le falta, sino por lo que solo puede alcanzar, el limitado alcance de sus esfuerzos de ser. Las criaturas zoomórficas que lo acosan, se exhiben ante el mártir como el reflejo de su particular conjunto de definiciones: su delimitación propia. Sin embargo, cada uno de esos seres excedidos, de natura desbordada, son su propia esencia, fuera de contención.

La tentación del hombre Antonio, es la de reconocer la sonrisa de complicidad de su rostro, al contemplar las posibilidades de su realidad, más allá de cualquier tipo de restricción: la reconciliación personal con el ominoso silencio más allá de todo lenguaje.

Educarse es de-formarse

La educación desde cierta perspectiva, no es más que la tentativa por llegar más allá de las posibilidades del ser humano, manifestadas por Matthias Grunewald en este oleo admirable. Educarse es de-formarse, esto es, superar los límites que el pragmatismo de nuestro entorno cotidiano nos asigna como vía para relacionarnos con todo lo que no forma parte de nosotros.

Los conocimientos impartidos en el salón de clases son la versión en teorías y sistemas, de las bestias demoniacas que acosan al espíritu en la obra de Grunewald, pero no para dominarlo, sino para hacerle saber que el universo es uno solo y los opuestos más radicales, en lo profundo están hermanados por una misma voluntad de realidad que supera todo freno. Aprender es aprehenderse, en todo, como sea.