La figura de Orfeo ha sido abordada en repetidas ocasiones como un ejemplo de los límites del arte y del entendimiento humano. El filósofo Maurice Blanchot, por ejemplo, lo ha visto así. Pero pronto comprenderemos que Orfeo no tiene porque ser, siempre, pensado como un símbolo de la insuficiencia: es factible una perspectiva diferente de él, como mediador entre la trascendencia y la finitud de los hombres.

La música del alma

En una hermosa pintura del artista barroco Roelandt Savery, titulada precisamente “Orfeo” tenemos, además de una preciosa muestra del estilo de la “escuela de oro” de la pintura holandesa, una vía para comprender la real valía del artede esta figura mitológica, y su relevancia inagotable para todos los asuntos de la reflexión y la creatividad.

En esta obra se puede contemplar al divino músico instalado en el paraje de un bosque frondoso; cerca de allí se aprecia un río, y además, una multitud de exóticos animales que se congregan en ese sitio, atraídos por la música del violín que toca Orfeo. Con pinceladas suaves pero bien definidas, en una dulce atmósfera manierista, Savery supo captar el arte singular de Orfeo, plasmando su esencia en un instante precioso y definitivo.

La cultura como mediadora

Si observamos con detenimiento la obra de Savery, el paisaje luminoso y dinámico del río parece dejar caer el cielo mismo hasta la parte sombría y boscosa en donde se encuentra recostado Orfeo mientras lleva a cabo el ejercicio de su arte. Parecería que Orfeo logra con su inspiración vincular el cielo (la trascendencia) y la tierra (lo humano). Los animales serían advocaciones de la otredad convocados por Orfeo.

La cultura bien puede ser, de esa manera, un elemento mediador entre todo lo que nos supera, lo que nos rebasa, es decir, el enigma de mundo en su inmensidad, y la manifestación finita de los humanos, la expresión de sus límites vitales. Orfeo es un símbolo admirable y elocuente de que la trascendencia sí es posible para el mundo fáctico, si se le piensa como la tentativa misma por alcanzarla. Cuentan los relatos mitológicos que, cuando Orfeo hacía tañer su lira, todos los hombres se convocaban junto a él para escucharlo y hallar sosiego para su alma. La verdad es que los dioses, sin confesarlo, eran quienes descendían al mundo para disfrutar del arte, y se asomaban para ello, desde el corazón de lo humano.