Cuando los científicos exclamaban triunfantes en 1958, acerca de que no quedaban zonas en blanco en el mapa del mundo, no dejaba de percibirse a la vez un cierto tono de añoranza. Al parecer la realidad se había cerrado para el hombre: no había más nada por descubrir, y tampoco más por aprender. Sin embargo, esta forma de pensar, de gran prejuicio para las pedagogías, no es del todo exacta. Veamos a continuación por qué, y de qué manera, el desafío por conocer, estudiar y asombrarse, ese impulso tan humano, nunca termina.

Justo en el momento histórico que antes evocábamos, algunos hombres tachados de excéntricos, cuestionaban el que la última palabra acerca del mundo hubiese sido pronunciada.

La exploración de los mares

Cien años antes, algunos hombres de mar habían sentado las bases- sencillas pero sólidas-trabajando en sus buques, en la mayoría de las ocasiones con rudimentarios instrumentos, para la exploración del “territorio” más grande y menos conocido del mundo: las profundidades oceánicas. De vuelta a mediados del siglo XX, con el motivo del año Geofísico Internacional, se acondicionaron 80 barcos de investigación, para develar los secretos de las profundidades marinas.

Este fue el punto de partida de una de las tentativas más ambiciosas de la humanidad: penetrar en ese ámbito novedoso, que cubre más del 70% de la Tierra, y tiene un volumen 18% de veces más grande que la masa continental que sobresale de los mares. Había nacido la oceanografía, una disciplina científica que agrupa a biólogos, químicos, físicos, y otros estudiosos de las simas marinas.

Un ejemplo para la educación

Los resultados de las investigaciones oceanográficas desarrolladas desde entonces, han transformado por completo la imagen que se tenía del mar, y del planeta en general. Los estudiantes, maestros autoridades educativas, y todos los involucrados en los procesos de enseñanza, podrían asimilar una noble moraleja de todo lo acontecido en el nacimiento de la oceanografía.

Aprender el contenido de los planes escolares no nos clausura los umbrales de lo conocido. Muy por el contrario, cada uno de los tópicos abordados por los profesores son principalmente ventanas que se abren a lo ignoto, crisoles de perspectivas inagotables para comprender lo real.

De la misma manera, los docentes, al realizar sus labores, tienen el privilegio de posibilitar este vislumbre renovado, acerca de la ilimitada importancia de lo existente. Investigar no tiene fin alguno sino del de hacer un principio de todo, y valorarlo así, por siempre.